El otoño llega casi sin pedir permiso.
Después de los meses de verano, de los días largos, de la luz intensa y de ese ritmo algo diferente que solemos adoptar durante las vacaciones, septiembre y octubre nos devuelven poco a poco a la rutina.
Los días empiezan a acortarse. Las temperaturas bajan. La naturaleza cambia de color y algunos árboles comienzan a desprenderse de sus hojas.
Y quizá por eso el otoño nos recuerda algo que, aunque sabemos racionalmente, no siempre resulta fácil aceptar: todo cambia.
También nosotros.
El otoño como una invitación a parar
Vivimos en una sociedad que nos anima constantemente a avanzar, conseguir, producir, mejorar y empezar cosas nuevas.
Pero hay momentos en los que lo que necesitamos no es empezar, sino parar y mirar qué queremos seguir llevando con nosotros.
El otoño puede ser una buena metáfora de ese momento.
La naturaleza no intenta conservar sus hojas a toda costa. Las deja caer cuando llega el momento.
Nosotros, sin embargo, muchas veces nos aferramos.
Nos aferramos a relaciones que ya no nos hacen bien, a situaciones que han dejado de tener sentido, a expectativas, a versiones antiguas de nosotros mismos o incluso a historias que llevamos años repitiéndonos.
Y soltar puede dar miedo.
Porque aunque algo nos haga sufrir, también puede resultarnos conocido. Y lo conocido, incluso cuando duele, puede parecer más seguro que lo que todavía no conocemos.
Soltar no significa olvidar
Una de las dificultades que encontramos cuando hablamos de cerrar etapas es que a veces confundimos soltar con dejar de sentir.
Pero no es lo mismo.
Soltar no significa que aquello que vivimos deje de importarnos. Tampoco significa negar lo que ocurrió, borrar a una persona de nuestra historia o fingir que no nos dolió.
Soltar puede significar simplemente dejar de luchar contra aquello que ya no podemos cambiar.
Aceptar que una relación terminó.
Aceptar que una persona no puede ofrecernos aquello que necesitamos.
Aceptar que una determinada etapa de nuestra vida ha llegado a su fin.
Aceptar que nosotros mismos también hemos cambiado.
A veces, cerrar una etapa no requiere una gran decisión externa. Puede comenzar con algo mucho más íntimo: dejar de esperar que el pasado se convierta en algo diferente.
¿Qué estás intentando conservar?
El otoño puede ser un buen momento para hacernos algunas preguntas.
¿Qué estoy sosteniendo que ya no necesito?
¿Qué relación, situación o expectativa me está quitando más energía de la que me aporta?
¿Qué parte de mi vida sigo manteniendo por miedo y no por deseo?
¿Qué versión de mí misma estoy intentando recuperar?
¿Y qué ocurriría si dejara espacio para descubrir quién soy ahora?
No siempre encontraremos respuestas inmediatamente.
Y tampoco es necesario.
A veces, una pregunta importante necesita tiempo para hacer su trabajo.
Hay pérdidas que también son transformaciones
A lo largo de nuestra vida atravesamos muchas pequeñas pérdidas.
No todas tienen que ver con la muerte.
Perdemos etapas, lugares, proyectos, amistades, relaciones, trabajos, ilusiones y determinadas formas de entendernos a nosotros mismos.
Incluso podemos echar de menos a quien fuimos.
Y todas esas experiencias necesitan ser elaboradas.
Porque crecer no consiste únicamente en incorporar cosas nuevas. También implica hacer espacio.
Por eso algunas etapas de cambio pueden resultar emocionalmente confusas. Podemos sentir tristeza y alivio al mismo tiempo. Podemos echar de menos algo que sabemos que ya no queremos. Podemos sentir miedo ante un futuro que, en el fondo, también deseamos.
No hay contradicción en ello.
Las emociones no siempre avanzan en línea recta.
Cuando nos cuesta soltar
A veces no conseguimos cerrar una etapa porque todavía existe algo que necesita ser escuchado.
Puede ser una tristeza que no hemos permitido sentir.
Una rabia que hemos reprimido.
Una necesidad que nunca expresamos.
Un límite que no nos atrevimos a poner.
O una parte de nosotros que todavía espera recibir del exterior aquello que necesitamos aprender a ofrecernos.
En estos momentos, la psicoterapia puede convertirse en un espacio para detenernos y comprender qué está ocurriendo.
No se trata de decirnos que tenemos que “pasar página” cuanto antes.
Se trata de poder mirar nuestra historia con más claridad, comprender nuestros patrones y empezar a elegir desde un lugar diferente.
Dejar caer una hoja no es perder un árbol
Quizá esa sea una de las imágenes más bonitas que nos regala el otoño.
Un árbol que pierde sus hojas no está desapareciendo.
Está atravesando una transformación.
La hoja que cae forma parte de su historia, pero el árbol no necesita conservarla para seguir siendo árbol.
Nosotros también podemos aprender algo de ese proceso.
Hay cosas que fueron importantes y que pueden seguir siéndolo aunque ya no formen parte de nuestro presente.
Hay personas que podemos haber amado y que ya no tienen que ocupar el mismo lugar en nuestra vida.
Hay versiones de nosotros mismos que podemos agradecer sin necesidad de volver a ser quienes éramos.
Y hay puertas que, cuando finalmente dejamos de intentar mantenerlas abiertas, nos permiten descubrir que también existe otra manera de caminar.
Este otoño, quizá no tengas que hacer más
Quizá este otoño no necesites proponerte grandes cambios.
Quizá solo necesites escucharte un poco más.
Observar qué te pesa.
Reconocer qué estás sosteniendo por miedo.
Dar espacio a aquello que estás sintiendo.
Y preguntarte, con honestidad y sin exigencias:
¿Qué estoy preparado para soltar para poder hacer espacio a lo que viene?
No tenemos que desprendernos de todo de golpe.
Cada proceso tiene su propio ritmo.
A veces soltar es una decisión.
Otras veces es un proceso.
Y en ocasiones comienza simplemente cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y nos permitimos estar presentes con ello.
Una última reflexión
El otoño nos recuerda que cambiar no siempre significa perder.
A veces cambiar significa crecer.
A veces cerrar una etapa es la manera que tenemos de cuidar la siguiente.
Y a veces aquello que tanto nos cuesta soltar no necesita ser arrancado de nosotros, sino comprendido, agradecido y colocado en otro lugar de nuestra historia.
Quizá el verdadero aprendizaje no sea aprender a desprendernos de todo.
Quizá sea aprender a reconocer qué merece permanecer, qué necesita transformarse y qué ya puede descansar.
Y hacerlo sin prisa.
Sin exigencias.
Con respeto hacia la persona que fuimos y hacia la que estamos empezando a ser.
Si estás atravesando un momento de cambio
Si sientes que estás cerrando una etapa, atravesando una pérdida, viviendo cambios en una relación o simplemente notas que algo en tu interior necesita ser comprendido, la psicoterapia puede ofrecerte un espacio seguro para parar, escucharte y encontrar nuevas formas de relacionarte contigo y con lo que estás viviendo.
No tienes que tener todas las respuestas para pedir ayuda.
A veces, basta con sentir que ya no quieres seguir viviendo las cosas de la misma manera.
Si quieres comenzar este proceso, puedes ponerte en contacto conmigo y concertar una primera sesión.
Estoy aquí para acompañarte.

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