El otoño siempre ha sido una estación de transiciones. Las hojas que se caen, el aire fresco, los colores cálidos… todo eso se ve reflejado en nuestra forma de sentir. Pero, cuando hablamos de la salud emocional, el otoño puede ser un momento complejo. No solo porque los días se acortan y las temperaturas bajan, sino porque hay una serie de factores —algunos casi invisibles— que afectan profundamente cómo nos sentimos.
La llegada del otoño y el cambio de hora
Uno de los primeros golpes emocionales que llega con el otoño es el cambio de hora. Ese primer domingo de noviembre, cuando damos la vuelta al reloj y ganamos una hora, en teoría, pero la sensación que queda es la de que la luz se escapa más rápido de nuestras vidas. Los días se hacen más cortos y las noches, más largas. Aunque parece un ajuste simple, la falta de luz puede desencadenar un descenso en los niveles de serotonina, esa hormona que regula el estado de ánimo y nos da energía. Nos sentimos más cansados, menos motivados, y si no estamos atentos, la tristeza o el estrés pueden colarse sin que nos demos cuenta.
Menos luz, más oscuridad
La luz natural tiene un impacto directo en cómo nos sentimos. Durante el otoño, con el sol asomándose por menos horas, nuestro cuerpo entra en un modo más introspectivo, más contemplativo. Sin embargo, esa falta de luz no solo afecta nuestros ritmos circadianos, sino que también puede desencadenar lo que conocemos como Trastorno Afectivo Estacional (TAE), o depresión estacional. No es raro que los días grises y lluviosos se lleven una parte de nuestra energía emocional. Y aunque este trastorno suele ser más notorio en invierno, los primeros días del otoño son la antesala de lo que podría venir si no estamos preparados para cuidar nuestra salud mental.
Todos los Santos y la movilidad de energías
El Día de Todos los Santos, esa festividad en la que recordamos a nuestros seres queridos, marca un momento en que muchas personas sienten que algo cambia en el aire. En algunas culturas, este día es especial para conectar con lo espiritual, con lo que nos rodea más allá de lo físico. En este ambiente de reflexión, las emociones pueden salir a la superficie con más intensidad: el duelo, la nostalgia, o incluso la sensación de que algo más profundo está en juego. Las energías parecen moverse, y si ya tenemos vulnerabilidades emocionales, este tipo de fechas pueden hacer que esas emociones no resueltas se intensifiquen.
Tormentas eléctricas y fenómenos climáticos.
El otoño también es temporada de tormentas, y no solo las meteorológicas. En los últimos años, hemos sido testigos de fenómenos como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) que azotan regiones como Valencia, dejando su huella en los noticieros y en nuestra conciencia colectiva. La constante lluvia, los vientos fuertes, la sensación de caos que deja el paso de estos fenómenos naturales también afecta nuestra estabilidad emocional. Las tormentas, a veces, se reflejan en nuestro interior. Cuando vemos imágenes de inundaciones, casas dañadas, o incluso cuando experimentamos de cerca el desconcierto ante los desastres naturales, nuestro bienestar emocional se resiente. El miedo, la incertidumbre y la preocupación se contagian. Y aunque tratemos de alejarnos del impacto directo, las noticias y las imágenes dejan una marca.
Mis propios problemas personales y el otoño.
No es casualidad que, a medida que el otoño avanza, mis propios problemas emocionales también parezcan intensificarse. Quizás sea el hecho de que las emociones surgen más fácilmente cuando todo a tu alrededor se ralentiza. El frío y las horas de oscuridad invitan a la reflexión. Las cosas que antes podías ignorar, ahora se presentan con más claridad: esas pequeñas heridas emocionales que habías dejado para mañana. En mi caso, el otoño a veces trae una sensación de pesadez. Hay algo en el ambiente, algo en el aire, que me hace pensar más en el pasado y menos en el presente.
Y es que, cuando estamos inmersos en nuestros propios problemas, cualquier cambio en el entorno, por pequeño que sea, tiene un impacto. El cambio de hora nos afecta, la falta de luz nos hace sentir más vulnerables, las tormentas nos sumergen en una sensación de caos que se refleja en nuestra mente. Nos encontramos atrapados entre lo que queremos resolver y lo que no podemos cambiar, y eso, de alguna manera, se amplifica con la llegada del otoño.
Cómo afrontarlo
Lo que quiero decir con todo esto es que el otoño puede ser una estación difícil si no estamos preparados para enfrentarlo. Es un tiempo de cambios, no solo en la naturaleza, sino también en nosotros mismos. ¿Qué podemos hacer?
1. Aceptar el proceso de cambio:
El otoño es una estación de transformación. Es un momento para soltar lo que ya no nos sirve, al igual que las hojas caen de los árboles. A veces, aceptar que hay cosas que no podemos cambiar nos permite respirar con más facilidad.
2. Cuidar de nuestra salud emocional:
Si las tormentas o el cambio de hora nos afectan, es importante dedicar tiempo a cuidar nuestra mente. La meditación, salir a caminar, aunque sea unos minutos al día para aprovechar la luz natural, y hablar con seres queridos puede hacer una gran diferencia.
3. Establecer rutinas saludables:
No podemos detener el paso del tiempo ni evitar que el otoño llegue, pero sí podemos crear pequeñas rutinas que nos ayuden a enfrentar la estación con mayor resiliencia. Comer bien, descansar lo necesario, y mantenernos activos son pasos fundamentales.
4. Buscar apoyo si lo necesitamos:
Si sientes que tus propios problemas emocionales se acentúan, no dudes en buscar ayuda. Hablar con un terapeuta o con alguien de confianza puede ser el primer paso para encontrar un poco de claridad en medio de la tormenta.
El otoño, aunque hermoso, puede ser una estación cargada de emociones encontradas. Nos invita a mirar hacia adentro y a reflexionar sobre lo que hemos vivido. En mi caso, siempre hay algo de melancolía en este tiempo, pero también la posibilidad de renacer, de soltar y de abrazar las nuevas oportunidades que el futuro nos tiene preparadas. Todo pasa, incluso las tormentas.

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