Hay algo que ocurre cada año y, sin embargo, nos sigue sorprendiendo.
Llega la primavera.
Hay más luz. Más horas de sol. El cuerpo empieza a despertarse después del invierno. Cambia la energía, cambian los ritmos, cambian incluso las ganas de vivir hacia fuera: quedar con amigos, salir, cuidarse, moverse, enamorarse, empezar cosas nuevas.
Y, curiosamente, al mismo tiempo, muchas personas empiezan a sentirse peor.
Las consultas de psicología se llenan.
Los psiquiatras aumentan visitas.
Aparecen crisis de ansiedad, tristeza, cansancio emocional, insomnio, sensación de vacío o de desborde.
Y la pregunta aparece una y otra vez:
“¿Pero qué me está pasando, si en teoría debería encontrarme bien?”
Quizás precisamente eso.
Durante el invierno muchas personas sobreviven emocionalmente más que vivir.
El frío, las rutinas, el cansancio acumulado, la falta de luz o simplemente el ritmo del día a día nos llevan a funcionar en “modo resistencia”. Hacemos lo necesario. Tiramos. Aguantamos.
Y mientras tanto, muchas emociones quedan guardadas:
- Lo que dolía y no había tiempo de mirar.
- Lo que se controlaba para no romperse.
- Lo que se sostenía por responsabilidad.
- Lo que se evitaba sentir.
- Las heridas antiguas.
- La soledad.
- El miedo.
- El agotamiento.
El invierno, a veces, también anestesia.
Pero llega la primavera… y el cuerpo despierta.
Con más luz y más energía, el sistema nervioso deja de estar únicamente ocupado en sobrevivir. Y entonces aparecen cosas que estaban congeladas o contenidas.
Como si el cuerpo dijera:
“Ahora sí podemos mirar esto.”
Por eso muchas personas sienten más ansiedad en primavera.
O más sensibilidad.
O más necesidad de cambiar cosas.
O incluso una tristeza difícil de explicar.
Porque florecer no siempre es cómodo.
A veces florecer significa que se abren capas que llevaban mucho tiempo cerradas.
Y además ocurre otra cosa importante: la comparación.
Parece que todo el mundo está mejor, más activo, más feliz, más sociable. Las redes muestran viajes, cuerpos cuidados, planes, terrazas, parejas, energía. Y quien por dentro sigue roto o cansado puede sentirse todavía más desconectado.
Pero no hay nada raro en ti.
Tu cuerpo y tu mente quizás simplemente están intentando reorganizar todo lo que llevas demasiado tiempo sosteniendo.
La primavera no solo despierta la naturaleza.
También despierta emociones, necesidades y heridas que habían quedado dormidas.
Y quizá este año, en vez de exigirte estar bien rápidamente, puedas preguntarte algo distinto:
- ¿Qué parte de mí necesita atención?
- ¿Qué llevo demasiado tiempo callando?
- ¿Qué estoy intentando controlar constantemente?
- ¿Qué necesita descansar?
- ¿Qué necesita ser escuchado?
A veces sanar no empieza cuando dejamos de sentir.
Empieza cuando dejamos de huir de lo que sentimos. Y tal vez eso también forme parte de la primavera

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